lunes, 4 de marzo de 2013

Por primera vez



     Otro día más regresaba a casa sumergida en esa rutina donde hasta los pensamientos parecían convertirse en algo mecánico: Ahora llegaré a casa, haré la comida... Por cierto, ¿hoy qué hago? Bueno, quizá pollo con almendras y un poco de arroz... ¡Qué cansada estoy y encima con este frío, qué hartazgo! Voy a tirar ya el pitillo que se me está quedando la mano helada, una calada y ya está... Mientras se metía la mano en el bolsillo del abrigo, de repente, un olor interrumpió su conversación consigo misma y la trasladó a su infancia y a su adolescencia, a un lugar donde únicamente habitaba la distracción, el placer y la alegría. Por un momento sintió que se dirigía a por el pan que tantas veces le encomendaba su abuela: Tráete cuatro barras de pan, pero ve al Mateo. Siempre tardaba más de lo previsto, pues por el camino se topaba con muchos paisanos no sólo de sus abuelos, sino también de sus padres, quienes allí vivieron hasta que comenzaron sus carreras universitarias: Hombre, maja, ya estás por aquí, ¿cuándo has venido? ¿Habéis venido a pasar el puente o qué? 


     Ese olor le hizo creer que iba en bicicleta por las callejuelas de ese pueblo tan especial, parecía recorrer sus rincones uno por uno: La 'callelastiendas', los Adarves, la Alameda, San Francisco, la Pza. Mayor, la Soledad, la Costanilla de Santa Clara... Sin poder evitarlo, unas lagrimillas inundaban una memoria repleta de instantes felices. Comenzó a darse cuenta de que su pueblo había supuesto en ella no únicamente el mayor de sus aprendizajes, no, sino que también resultaba haber sido el lugar donde supo conocerse a sí misma de forma libre: de pequeña, con su prima, ella se convertía en tendera tras la barbacana de al lado de casa, se sentía responsable yendo sola a por chucherías a la Barata o a la Socorro con los veinte duros de paga que le solían dar sus tíos; superaba los miedos absurdos bañándose en un río de agua terriblemente fría y una orilla llena de mosquitos y tábanos que la ponían tibia de abones; creía, al tiempo que dejaba de hacerlo, en monstruos y dragones al bañarse en una laguna preciosa y enorme; y se sentía un poco más importante al ir a tomar el vermut con su familia al Casino o La Granja.

     Pasada la niñez, se percató de que las amistades que había gestado, eran tan sólidas que, tras los años y en la distancia, bastaba una sola mirada para comunicarse. El lenguaje del cariño y de la complicidad permanecía intacto y colmado de momentos irrepetibles, pero inolvidables: el primer cigarrillo clandestino en la Torre de Aragón, el primer calimocho, el primer beso, la primera peña, la primera verbena hasta las tantas en ferias, la primera conciencia de verdadera satisfacción a la vez que de morbo de lo prohibido, pero también de lo correcto.

     Quedando tan atrás todo aquello, todavía hoy, cuando ella regresa a su pueblo, siente hacer todo por primera vez.


1 comentario:

  1. En mi caso también hay un pueblecito de la niñez, con el que siento una extraña relación de amor-odio, buenos y malos recuerdos. Suerte que tu solo evocas los buenos.

    ResponderEliminar