domingo, 28 de octubre de 2012

El día y la noche


A M.M., aunque 
estas palabras jamás se las muestre


El día y la noche

            Todas las mañanas, al despertarse, se apresuraban hacia la cocina con la esperanza de encontrar lo que, de la noche a la mañana, desapareció. Sin pronunciar una sola palabra y abrazándose con la mirada, Melisa, Juanjo, Paula y Manuel hacían de ese momento el único de los consuelos. El frágil alivio de todos ellos era su parentesco: hermanos de sangre.

            Melisa, rondando los 30 y maestra de música vocacional, trabajaba todas las mañanas en el negocio de su padre, iba y venía de un lado para otro: llamadas a proveedores, organización de pedidos y, lo más importante, evasión —al menos durante un rato— de su propia realidad.

            Juanjo, con un cuarto de siglo ya vivido, trabajaba con ella, pero apenas se veían y cuando se cruzaban, sólo hablaban con los ojos; en ellos, en sus ojos, se podía divisar la profundidad de un gran pozo y una expresividad que ni el propio Bruno Amadio (Bragolin) habría podido retratar.

            Manuel, un recién mayor de edad, buscaba su madurez y también su refugio en el humor y en el ocio, alternaba con sus amigos para hallar en esos instantes una diversión disfrazada, el maquillaje de su pesar, la máscara al quebranto de su alma.

            Paula, aparentemente tan delicada, se comunicaba con el resto del pueblo con su sonrisa, tan espléndida como ella misma. Pese a no ser una estudiante brillante, era bastante responsable e iba todos los días al instituto para seguir con su vida de quinceañera de la forma más normal. Ella únicamente quería tener un hábito, una rutina; quizá así encontraba cierta lógica en todo aquello. Probablemente por eso era la encargada de comprar el pan cuando regresaba a casa poco antes de las tres de la tarde, hora en la que coincidían los cuatro hermanos para comer y abrazarse nuevamente, esta vez se trataba de un apretón de verdad, cargado de cariño y calidez, aquello no sólo representaba esa consanguinidad fraternal, sino que iba mucho más allá

Si no le hubiese sobrado tiempo aquella mañana en Madrid, ahora contaría con muchos minutos por delante dijo Juanjo desquiciado— ¡Dios, quiero despertarme ya de esta pesadilla!
—Sí, ¿y papá? En qué horita le dio por irse aquel fin de semana a Valencia —replicó Melisa—. Odio los coches, no han traído más que desgracias a esta familia, se han llevado lo que más queríamos…
—Vale ya, ¿no? Estoy harto de tanto lloriqueo. Luego decís que si la gente en el pueblo nos compadece y nos mira con lástima—interrumpió Manuel a su hermana mayor—. Claro que nos miran con pena, ¿es que no lo es o qué?  Pero, claro, depende de nosotros provocarla o no.
—Manuel lleva razón. Yo no quiero ser cruel, pero todos lo estamos pasando muy mal, también la abuela, ¿eh? —añadió Paula—. Os recuerdo que ella ha perdido a una hija; los padres de sus nietos ya no están; que vaya a dejar este mundo con esa imagen no es muy alentador que digamos, la verdad; y, como dice Manuel, encima todo el día llorando por las esquinas. No hace falta que os diga lo que os quiero, pero sí os tengo que dejar claro que ya no puedo más con vuestra actitud, me duele un montón veros así
           
            Paula pensaba que la recreación de tal tragedia estaba empañando el día y la noche de sus hermanos.

            El puré de calabacín que apenas probaron, se saló con las lágrimas de los cuatro hermanos y pasaron directamente al segundo. Absorta y algo disgustada, Paula permaneció un rato observando aquella estampa: Melisa pareció hacerse otro puré escachando las albóndigas con la salsa, Juanjo casi engulló las cinco que le había servido su abuela, Miguel partió cada una por la mitad convirtiéndolas en diez trozos de carne esparcidos por su plato. Tras ese momento, Paula probó una y dejó el resto; después bebió el medio vaso de agua que le quedaba, recogió sus cubiertos y su plato y salió de casa. Melisa, con una mezcla de tristeza y cierto enfado, gritó por la ventana con un nudo en la garganta: “Paula, espero que a las nueve como muy tarde estés ya aquí, que hoy es martes”. Paula respondió con su sonrisa y Melisa quedó más sosegada, aquel gesto de su hermana menor la reconfortó.

            Aunque no acostumbrase a estar sola, esta vez Paula se fue caminando a dar una vuelta con la única compañía que podían proporcionar los árboles, las nubes, el sol, el cielo, las piedrecillas, el río y demás elementos naturales que Paula apreciaba durante el día. Le gustaba acercarse tranquilamente a un pueblo próximo, ya deshabitado, que estaba a unos seis kilómetros de distancia. Por el camino, notaba cómo algunas hojas de los árboles cayendo, le acariciaban la cara, igual que lo hacía su madre cuando llegaba a casa tras el trabajo; los rayos del sol de frente y su viveza la abrazaban del mismo modo que su madre le mostraba su cariño cada día al despertarse. Después de una hora a pie aproximadamente llegó a una explanada con una enorme piedra, que ella solía utilizar de asiento o, más bien, de diván o tumbona, pues incluso se echaba para contemplar las nubes. Éstas le transmitían mensajes que le evocaban exclusivamente la dulzura y la calma de las palabras de su madre. Cuando la dureza de la piedra comenzaba a resultarle incómoda, se sentaba en aquel terreno diáfano y mullido de la llanura. Acomodada ahí y aparentemente sola, la tierrecilla se agarraba a sus manos y así lograba sentir cómo la luz del día la atrapaba y, en él, todo el amor materno que todavía era capaz de protegerla.

            En casa parecía que había más calma; de hecho, en la cena hasta rieron a carcajadas con las tonterías que Manuel hacía mojando las patatas en los huevos fritos del plato de Juanjo; Melisa incluso comenzó a tirar migas de pan a cada uno de sus hermanos creando una guerra de comida. Como Juanjo amenazó con el bote de tomate, tuvieron que parar. Esta vez lloraban de la risa y lo único que se les había salado, era el corazón.

            En su habitación, Paula se asomó al balcón, vio que hacía algo de fresco, cogió una cazadora y se puso a contemplar la noche, pero parecía que era la noche quien quería observarla a ella o, al menos, mostrarle el lado más bonito y divertido, pues, de repente, una estrella fugaz que cruzaba el cielo, pareció saludarla; la luna, aunque brillaba como siempre, esta vez estaba llena y en contraste con la oscuridad nocturna, ésta aparentaba ser una extraña verdad del mundo, pura e inmaculada. Quizá porque se dieron cuenta, tanto Melisa, como Juanjo y Manuel, acompañaron la velada de Paula y, en ese instante en el que todos de la mano miraban a la noche, una brisa, más propia del mar que de un pueblo del interior, sintieron al unísono el beso que todas las noches les daba su padre antes de acostarse.

            Al siguiente día los cuatro se despertarían al amanecer y desayunarían con el abrazo de la noche y el día.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Sigues conmigo





Sigues conmigo

Suelo escuchar que las personas únicamente mueren cuando se las olvida. Tú, entonces, serás inmortal.

Tres años sin ti y tú no te has ido. 

Sé que sin poder hablarte, me escuchas; que sin poder mirarte, me ves y que sin tú poder abrazarme, lo haces cada noche, como cuando te desvelabas en casa y, al yo estar todavía tendida en el sillón, te acercabas a besarme en la frente o a arroparme con aquella manta azul que tanto te gustaba rodearte entre los riñones, pues las corrientes de aire, como todavía puedo oírte decir, no te prueban.

Hoy, abuela, ajústate bien ese aparatejo que utilizabas para los oídos o ponte las gafas de cerca porque hoy mis palabras han de llegar a ti.

Contigo tan ausente y presente al mismo tiempo, no sé explicar del todo cómo me siento. Cuando te tocó irte, he de ser franca, no supe ni ser, ni estar. Me quedé fría y abúlica, tu partida me convirtió en alguien impasible, pero también pávido, un ser al que, aunque fuerte y duro como una roca, le invadían infinitos temores. Tan cerca como ahora logro apreciarte y con la impotencia de querer coger tus manos sin alcanzarlas, hoy, abuela, te digo que aquí sigues conmigo.

Supongo que mis palabras sobran cuando sé que allí donde mis pasos van, aguardan los tuyos detrás, pues así lo percibo y debes saber que aquí, en Alemania también, sigues conmigo.

La tristeza en la felicidad provoca la absoluta nostalgia, una incesante tribulación, la consciencia de quererte tanto y de que, desde tan lejos, aquí sigues conmigo.




miércoles, 17 de octubre de 2012

Vida y muerte

Todavía no sé muy bien qué hago escribiendo aquí así, sin más.

Acostumbraba a exponer críticas sociales o artísticas, sí, desde un punto de vista muy personal, pero sin desnudar del todo mi alma, realmente no sé qué tengo o puedo decir de mí. No me conozco, no sé quién soy ni pretendo averiguarlo. Lo que sí que es cierto es que necesitaba decirme, contarme y explicarme de alguna forma mis miedos. Sí, temores. Yo pienso que todos vivimos aterrorizados. No sé si es este mundo absurdo lleno de porquería, de engaño y de guiñoles, títeres con cabezas desmontables que hacen de nosotros la más absoluta iniquidad; o simplemente soy yo, una "niña" columpiándose en el parque que, con recelo, juega a llegar cada vez un poco más alto, pero que nunca consigue dar ese magnífico impulso que la hace volar.

Cuando de más joven leía poemas (ahora lo hago poco, lo reconozco) sobre la muerte, el tormento que causaba a algunos poetas ese tema, esa conciencia barroca de la brevedad de la vida era algo que, sinceramente, podía comprender probablemente por su contexto, pero no alcanzaba a sentir. Sin embargo, un extraño pavor habita dentro de mí hoy, ayer y día tras día. Me sobrecoge pensar en la tragedia y es algo que no consigo apartar de mí.

Habiendo vivido ya un cuarto de siglo, muy próxima a alcanzar los 27 años, pienso más en la muerte que nunca.

La vida, la mía al menos, es un constante morir....