miércoles, 23 de abril de 2008

Sociedad y libertad

¿Quién no ha dicho alguna vez en su vida que quiere ser libre? La libertad es aspiración no sólo legítima, sino antiquísima; quizá por ello sea, de entre todas las aspiraciones humanas, la más fecunda, la más permanente. Se ha convertido en un tópico del lenguaje, pero, como todos los tópicos, lo será porque es verdad. Las sociedades se construyen a partir de este término: “libertad”. Las Constituciones apelan al concepto de libertad para su redacción. El arte, la literatura, las revoluciones..., prácticamente todas las actividades humanas han reclamado el significado profundo del término. ¿Por qué, pues, todavía seguimos esgrimiendo la falta de libertad? Tal vez es que, a pesar de todo; a pesar de la extraordinaria evolución del humanismo y del sentido común desde la Revolución Francesa nos queda la sensación de que no somos libres todavía. Si analizamos la libertad desde un punto de vista contemporáneo, y la negamos, se nos echará todo el mundo encima diciéndonos que mentimos, que cómo podemos decir que no hay libertad y, sin embargo, a todos nos queda la íntima sospecha de que es cierto, de que aún no somos libres. Hoy es más cierta esta reflexión, pues, pese a haber avanzado sustancialmente en el camino de las libertades individuales (que es como se siente y se entiende verdaderamente la libertad), seguimos constreñidos en una especie de impotencia que nos impide ser libres “de verdad”. En el fondo, lo que hacemos tiene siempre algo de imposición: el trabajo, el consumo, el ocio, el lenguaje, todo, está supeditado a normas, leyes, prohibiciones, sugerencias... No somos dueños de nuestros propios deseos porque incluso éstos están dirigidos por una política interesada y por una economía que nos los arrebata.

Vida: ficción y realidad

¿Estamos en condiciones de decidir verdaderamente sobre nuestros gustos y nuestros deseos? En una sociedad como la actual, en la que el capitalismo avanzado ha convertido en mercancía incluso nuestra propia vida, resulta muy problemático decidir de forma autónoma sobre muchos de nuestros anhelos. Vivimos realmente en una ficción que nos parece real, pero que no es sino una forma aparente de realidad construida por el marketing, la publicidad y los poderes públicos (muñecos de los poderes económicos). Todos tendemos, en mayor o menor grado, a obtener aquellas cosas que nos “representan” (marcas, signos, logotipos, estilos de vida) socialmente, pero que, a la vez, nos despersonalizan, anulan nuestra individualidad, hasta tal punto de que ni siquiera lo que creemos sentir es realmente lo que sentimos, ni lo que deseamos es realmente lo que deseamos. Detrás de cada emoción, detrás de cada deseo, hay alguien que lo ha diseñado primero para hacernos creer que es nuestro. Muchos varones compran colonia no para poner el colofón a la cortesía de su aseo personal, sino porque se convertirá en Jacqs: el objetivo de la búsqueda de una mujer estupendísima. Éste, como otros ejemplos, puede dar idea, al menos superficialmente (aunque el asunto daría para mucho), de por dónde están yendo las cosas.

Heinrich Böll y Franz Kafka

Uno de los textos que presenta ciertos paralelismos con El honor perdido de Katharina Blume, de Heinrich Böll, es sin duda El proceso, de Franz Kafka. Nada tienen que ver en la forma ni en la estructura; es decir, que sus morfologías estéticas son bien distintas. Sin embargo, tanto Böll como Kafka manifiestan análogas preocupaciones por la situación y la respuesta del ser humano en el contexto social en el que ha de desarrollar su actividad vital. Ambos personajes de ficción se encuentran sometidos a un supuesto azar que es, en realidad, la consecuencia del comportamiento de las estructuras del Poder puestas al servicio de su ilegítima autodefensa. Si la protagonista de Böll es la víctima de una prensa asociada a los poderes económicos y defendida por bases políticas en una manifiesta conspiración contra la honestidad, el prestigio social y profesional, el protagonista de Kafka ha de enfrentarse a uno de los brazos de ese mismo Poder instituido, encarnado esta vez en el sistema judicial.
Con un relato-crónica de tono periodístico y descriptivo, Heinrich Böll nos da cuenta de hasta dónde es capaz de llegar y las consecuencias que puede tener una ética puesta al servicio exclusivo de intereses económicos ligados al poder político o viceversa; el grado de irregularidad que la administración de justicia y los instrumentos de que dispone pueden alcanzar cuando se encuentran expuestos a aquellos intereses; hasta qué punto la ideología es determinante en el juicio social de las personas y en el grado de penetración de su intimidad; y cuál es el auténtico alcance de una información manipulada en la orientación de la opinión pública. Las engañosas informaciones periodísticas sitúan a la protagonista en el punto de mira de la sociedad; informaciones, además, falsas y al servicio de un interés político en el que ella misma, desde su simple posición de ciudadana, creía y al que ella misma, por idéntica razón, servía desprejuzgadamente. Pero no puede cambiar su situación, debido, sobre todo, a que su conciencia se aferra a la rectitud de sus actos y en que nada malo ve en ello. Las declaraciones de Katharina ante la policía ponen en evidencia un ánimo que está muy lejos del arrebato y muy cerca de la razón, frente a la sinrazón de quienes la juzgan y de quienes la conducen a una falsa culpabilidad.
Kafka, por su parte, con un relato en el que la irracionalidad es llevada al extremo, en consonancia con la práctica de un sistema judicial absorto en su propia endogamia moral, nos sitúa a un hombre abandonado al albur de un tiempo y de un escenario que se desvanecen sin que él pueda hacer nada por evitarlo ni cambiarlo. El protagonista es “culpable”. ¿Por qué? Porque es el único que se niega y se opone a ser procesado. Con su actitud ante sus interrogadores, con el corte de mangas que hace al abogado y con su perseverancia en manifestar que es inocente, es culpable ya antes de que lo detengan. En tal esquema de corrupción converge una advertencia: la inutilidad del esfuerzo por alcanzar las puertas de la ley, pues cuando las alcance le será prohibida la entrada, a pesar de que esas puertas se encuentran allí para personas como él. Al fin, un sueño, una pesadilla. Josef K. constituye el paradigma del falso culpable, de la misma manera que la protagonista de Böll, siendo objetivamente culpable, lo es no por convicción, sino por inducción. Katharina es inocente en tanto su honestidad moral sólo puede ser defendida mediante la “defensa propia”, algo que el “sistema” ha sido incapaz de evidenciar y que, por contra, la sume en una pesadilla difícil de interpretar desde su posición de ciudadana “normal”.
Si Böll sitúa a Katharina entregándose a la policía al comienzo de su narración, Kafka sitúa a Josef K. detenido, sin saber por qué, también al inicio de la novela, por unos guardianes que no pueden explicarle los motivos de su detención. Es decir, se trata, en los dos casos, de personas que en, principio –aunque por distintos motivos-, se encuentran integradas en la “normalidad” del sistema y aceptan sus reglas; sin embargo, ambos conocerán cuál es la capacidad de desvirtuación y de destrucción moral de ese mismo sistema cuyo Poder, en realidad, no se aprecia en la superficie de las estructuras institucionales, sino en la invisibilidad de la corrupción de esas mismas estructuras.
Josef K. se rebela conscientemente contra semejante situación; Katharina Blum, no. Pero da lo mismo; los dos sufren análogas consecuencias.

sábado, 5 de abril de 2008

Educación y violencia

No es casual que proliferen los casos de acoso escolar y de violencia en las aulas. El sistema se echa las manos a la cabeza por un estado de cosas que él mismo ha creado y fomentado a través de una educación básica y su entorno cuyos estímulos se han dejado en manos de una concepción meramente consumista del sujeto social, además de haber dejado al cuerpo docente sin autoridad y sin armas disciplinarias eficaces. La creación de símbolos que seducen hasta la rendición y la fatiga nerviosa de la adolescencia choca frontalmente con la general imposibilidad de su satisfacción. Por lo tanto, es la frustración la primera consecuencia y, a la vez, el primer factor generador de violencia (aunque no sólo éste; existen otros como un entorno doméstico sin comunicación familiar por la ocupación laboral de los padres; la autodiscriminación en soledad frente al videojuego y el chat; el agrupamiento en torno a determinadas formas de drogadicción como medio de aceptación en el grupo, etc.). El esquema psicológico de los adolescentes se funda en el anhelo, en el apasionamiento por todo y, claro, también por la posesión de iconos que lo identifican con su grupo. Si no los obtienen, han de crear un mecanismo de defensa que justifique su falta de integración. Tales deseos insatisfechos son permanentes en ese período, que coincide, además, con el de la formación básica. Al sujeto no anhelante que no encaja en el grupo se le margina por todos los medios; uno de ellos, el acoso psicológico y la agresión física. Frente a ello, los docentes no sólo carecen de un medio disciplinario que han de otorgarles las leyes, sino que, además y, por ello mismo, se convierten en objetivo de la violencia.

Telebasura

¿A nadie se le ha ocurrido pensar que determinados programas que se emiten en las televisiones comerciales de este país deberían ser prohibidos por orden judicial? ¿Alguien ha pensado que sus contenidos son de tal magnitud agresivos que entrarían de lleno en su consideración como programas que incitan a la violencia, cuando menos a una violencia moral? Se nos llena la boca de improperios cuando juzgamos una acción terrorista, cuando una mujer es agredida o cuando se produce un hecho delictivo cruento, pero no nos llevamos la mano a la cabeza ni ponemos el grito en el cielo cuando debemos soportar ese tipo de programas “del corazón” (?) cuyo diseño, desde sus contenidos hasta el lenguaje con que se expresan, pertenecen al más bajo fondo ético de una sociedad medianamente inteligente. La primera deducción cuando no nos escandalizamos es que quizá vivimos en un país cuyo coeficiente intelectual medio está rayando la deficiencia. No de otra manera puede entenderse que las audiencias asistan con fidelidad y entusiasmo a palabras e imágenes propias de riñas barriobajeras, cuyas expresiones rozan lo delictivo y resultan, cuando no soeces, de una vulgaridad expresiva que da idea de cuál es el modelo de formación que ha alcanzado el mérito de ser mostrado en TV. Los profesionales que en ellos participan (¡que se autodenominan periodistas!) no desechan la misma argumentación moral, pero, además, muestran una mediocridad que da terror. Son estas televisiones (las que denuncian como censura previa la prohibición de un juez de emitir ciertas imágenes de esas características) las que primero ejercen esa censura previa, pues es bien sabido que los mensajes de texto de contenido crítico que se remiten on line no son editados en pantalla.

Berna Martínez-Forega