miércoles, 4 de junio de 2008

KLIMT: LA ESPERANZA

¿Una Dánae embarazada? Sí, así nos parece la reiteración del modelo empleado por Klimt para alegorizar el contenido de su título. Al fondo, la advertencia a la vida que a punto está de llegar: un símbolo antropológico de la única certeza futura que el hombre tiene impresa en su código genético. Si era la brevedad de la vida axioma simbólico de la estética barroca (traído, claro, del carpe diem medieval), el mismo contenido se traslada al tremendismo romántico. Klimt ha echado mano aquí de la simbología tradicional, pero incorpora una figura erótica, aunque sabemos desde Freud que el embarazo equilibra el lance erótico de la desnudez. Asepsia sensual, por lo tanto, que figura también impresa (lo ha dicho Jung) en nuestra crimptomnesia (esa especie de almacén lleno de arquetipos de conductas).
Si la muerte —como advierte Klimt en el segundo plano de su pintura— es lo que indefectiblemente le espera a la vida, no habremos de olvidar sus pasajes: esa juventud tal vez dolorida (figura superior derecha), la vejez (figura central tras la calavera), la agonía (figura superior izquierda) y la ceniza (cráneo sobre la cabeza de la Dánae transfigurada). Pero es que nos lo advirtió ya el poeta: «en un puñado de polvo te mostraré el miedo». El drama del paso del tiempo, tan común, por otra parte, en los deslices filosóficos (y no filosóficos) de la cultura postmoderna, es, más sintéticamente, lo que nos traduce la lectura de La esperanza. Y Klimt coloca en el mismo lugar, próximos, en rápido tránsito, la edad fértil, la vitalidad aún invisible, pero la juventud dudosa y la caducidad. Otro autor barroco, esencial para comprender el fondo de la corriente escéptica del siglo XIX, nos había advertido: «¿Cuál puede ser una vida que comienza con los gritos de la madre que la da y los lloros del niño que la recibe?» ¿Tiene, pues, razón Baltasar Gracián? Arthur Schopenhauer, Max Stirner e incluso Nietzsche respondieron que sí.


KLIMT: ALEGORÍA DE LA ESCULTURA


Advertir del tópico que encierra la simbología de Pigmalión para referir una aproximación significativa al contexto escultórico sería una pueril recurrencia. No lo es, empero, si la referencia que se toma en ese contexto es precisamente el ámbito del que el propio Pigmalión es miembro inequívoco. No lo es porque Klimt ha elaborado para su trabajo una envoltura mitológica cuyos axiomáticos contenidos reproduce en su excelente ejecución formal. Y lejos de reiterar la nomenclatura terminológica que exigiría la visión común, el irritante descenso a la semántica del volumen, —v.g.—, de la dimensión, del sueño táctil..., es decir, de lo observable o evidente a través de unos ojos atentos; lejos de acudir a la profesionalización retórica, interesa sobre todo el ámbito, la extracción, el traimiento, desde la distancia reveladora, de aquellos contenidos que dieron forma a la belleza imaginativa y viceversa, a la fantasía como réplica de la razón humana, tan atroz y excluyente que indujo al hombre a convertirse en poseedor de la mentira para mostrar otra verdad. Interesa, por lo tanto, la Parténope fundadora de ciudades y proveedora de renovadas formas de existencia, el Hermes celador de los más hondos secretos de los dioses, los Epígonos vengadores de afrentas fundadas en la magia, el Centauro de la fábula, de los combates y sabio sanador, los Zeus raptores, iracundos y caprichosos... y tantos otros referentes que conforman el mundo de nuestras debilidades y ambiciones en una síntesis, además de hermosa, evocadora, envolvente a su vez de misterio necesario, de interpretaciones varias, de causas fecundadoras de una cultura que nos ha sido en buena parte transmitida a través de esa génesis de lo fabuloso Pero lo que es real es la certidumbre de su existencia y ese mundo clásico no gratuitamente escogido por Klimt para representar su «alegoría» es el mundo de la euritmia, el paradigma referencial de donde partiría toda conclusión estética para imitarla o abolirla.

KLIMT: ADÁN Y EVA

Todos los seres poseen un color interior dominante; a veces, la proximidad de los objetos a ese color vierte sobre ellos el influjo del color primario y ambos —aquél y éstos— se entresijan, diversificándose, enriqueciendo y enriqueciéndose en su pérdida y ganancia cromáticas. Este proceso, que la realidad pone en evidencia cada día a nuestro alrededor, axioma físico sobre el que ni siquiera reflexionamos, no sería posible sin el concurso de la luz. Sé que lo que acabo de decir es una pueril perogrullada; ahora bien, si esa luz no es la convencional, sino —como aquel color primario— una luz interior que sólo el artista posee, manipula, filtra y arroja sobre el color y éste sobre los objetos de su influencia, nos encontramos ante una alter veritas, es decir, ni más ni menos que ante la función del oficio artístico.
Klimt debía de saberlo bien cuando lo que se trata de referir es la elevación de la alegoría —paisaje, seres y objetos cotidianos— a una categoría doméstica, personal: el arte no es término que deba manejarse gratuitamente. En esa dimensión cromática, sin embargo, es bien apreciable en la pintura Klimt, y resulta harto delicado considerarlo así cuando el sustantivo ha de otorgarse a la esfera de lo convencional y de lo privado. La otra realidad que hemos citado se manifiesta por medio del arte de Klimt al comprobar el espectador cómo aquello de lo que comúnmente nos rodeamos o nos rodea necesariamente adquiere un valor que media entre lo vivido y lo idealizado, entre lo real y lo irreal: el intimismo de una habitación cerrada, el rincón acotado de un paraíso interior, el espacio recogido del sosiego..., son lo que está, existe y vive, pero son también donde quisiéramos estar, ser y vivir. Pero acaso no con esa Eva cuyo sarcasmo por la rendición incondicional de Adán es anuncio de nuestra pérdida. Sobre ellos la luz, neutra, irradia. Y no tanto la luz del encomio cromático como la luz íntima, personal, que Klimt desde su interior expande.

miércoles, 7 de mayo de 2008

"Ademenos". Libro de poemas de Manuel M. Forega

Copio y pego la noticia de mi padre (pero modifico los días):

Han pasado nueve; faltan ocho; ocho días:

FNAC-ZARAGOZA

15 de mayo (conmemoración del 40 aniversario del Mayo ‘68)

A las 20,00 horas
Ademenos (poesía)
Publica: Olifante

Mesa: Trinidad Ruiz Marcellán (editora), Ana Muñoz (poeta de órdago) y Manuel M. Forega (el Además del Ademenos)

miércoles, 23 de abril de 2008

Sociedad y libertad

¿Quién no ha dicho alguna vez en su vida que quiere ser libre? La libertad es aspiración no sólo legítima, sino antiquísima; quizá por ello sea, de entre todas las aspiraciones humanas, la más fecunda, la más permanente. Se ha convertido en un tópico del lenguaje, pero, como todos los tópicos, lo será porque es verdad. Las sociedades se construyen a partir de este término: “libertad”. Las Constituciones apelan al concepto de libertad para su redacción. El arte, la literatura, las revoluciones..., prácticamente todas las actividades humanas han reclamado el significado profundo del término. ¿Por qué, pues, todavía seguimos esgrimiendo la falta de libertad? Tal vez es que, a pesar de todo; a pesar de la extraordinaria evolución del humanismo y del sentido común desde la Revolución Francesa nos queda la sensación de que no somos libres todavía. Si analizamos la libertad desde un punto de vista contemporáneo, y la negamos, se nos echará todo el mundo encima diciéndonos que mentimos, que cómo podemos decir que no hay libertad y, sin embargo, a todos nos queda la íntima sospecha de que es cierto, de que aún no somos libres. Hoy es más cierta esta reflexión, pues, pese a haber avanzado sustancialmente en el camino de las libertades individuales (que es como se siente y se entiende verdaderamente la libertad), seguimos constreñidos en una especie de impotencia que nos impide ser libres “de verdad”. En el fondo, lo que hacemos tiene siempre algo de imposición: el trabajo, el consumo, el ocio, el lenguaje, todo, está supeditado a normas, leyes, prohibiciones, sugerencias... No somos dueños de nuestros propios deseos porque incluso éstos están dirigidos por una política interesada y por una economía que nos los arrebata.

Vida: ficción y realidad

¿Estamos en condiciones de decidir verdaderamente sobre nuestros gustos y nuestros deseos? En una sociedad como la actual, en la que el capitalismo avanzado ha convertido en mercancía incluso nuestra propia vida, resulta muy problemático decidir de forma autónoma sobre muchos de nuestros anhelos. Vivimos realmente en una ficción que nos parece real, pero que no es sino una forma aparente de realidad construida por el marketing, la publicidad y los poderes públicos (muñecos de los poderes económicos). Todos tendemos, en mayor o menor grado, a obtener aquellas cosas que nos “representan” (marcas, signos, logotipos, estilos de vida) socialmente, pero que, a la vez, nos despersonalizan, anulan nuestra individualidad, hasta tal punto de que ni siquiera lo que creemos sentir es realmente lo que sentimos, ni lo que deseamos es realmente lo que deseamos. Detrás de cada emoción, detrás de cada deseo, hay alguien que lo ha diseñado primero para hacernos creer que es nuestro. Muchos varones compran colonia no para poner el colofón a la cortesía de su aseo personal, sino porque se convertirá en Jacqs: el objetivo de la búsqueda de una mujer estupendísima. Éste, como otros ejemplos, puede dar idea, al menos superficialmente (aunque el asunto daría para mucho), de por dónde están yendo las cosas.

Heinrich Böll y Franz Kafka

Uno de los textos que presenta ciertos paralelismos con El honor perdido de Katharina Blume, de Heinrich Böll, es sin duda El proceso, de Franz Kafka. Nada tienen que ver en la forma ni en la estructura; es decir, que sus morfologías estéticas son bien distintas. Sin embargo, tanto Böll como Kafka manifiestan análogas preocupaciones por la situación y la respuesta del ser humano en el contexto social en el que ha de desarrollar su actividad vital. Ambos personajes de ficción se encuentran sometidos a un supuesto azar que es, en realidad, la consecuencia del comportamiento de las estructuras del Poder puestas al servicio de su ilegítima autodefensa. Si la protagonista de Böll es la víctima de una prensa asociada a los poderes económicos y defendida por bases políticas en una manifiesta conspiración contra la honestidad, el prestigio social y profesional, el protagonista de Kafka ha de enfrentarse a uno de los brazos de ese mismo Poder instituido, encarnado esta vez en el sistema judicial.
Con un relato-crónica de tono periodístico y descriptivo, Heinrich Böll nos da cuenta de hasta dónde es capaz de llegar y las consecuencias que puede tener una ética puesta al servicio exclusivo de intereses económicos ligados al poder político o viceversa; el grado de irregularidad que la administración de justicia y los instrumentos de que dispone pueden alcanzar cuando se encuentran expuestos a aquellos intereses; hasta qué punto la ideología es determinante en el juicio social de las personas y en el grado de penetración de su intimidad; y cuál es el auténtico alcance de una información manipulada en la orientación de la opinión pública. Las engañosas informaciones periodísticas sitúan a la protagonista en el punto de mira de la sociedad; informaciones, además, falsas y al servicio de un interés político en el que ella misma, desde su simple posición de ciudadana, creía y al que ella misma, por idéntica razón, servía desprejuzgadamente. Pero no puede cambiar su situación, debido, sobre todo, a que su conciencia se aferra a la rectitud de sus actos y en que nada malo ve en ello. Las declaraciones de Katharina ante la policía ponen en evidencia un ánimo que está muy lejos del arrebato y muy cerca de la razón, frente a la sinrazón de quienes la juzgan y de quienes la conducen a una falsa culpabilidad.
Kafka, por su parte, con un relato en el que la irracionalidad es llevada al extremo, en consonancia con la práctica de un sistema judicial absorto en su propia endogamia moral, nos sitúa a un hombre abandonado al albur de un tiempo y de un escenario que se desvanecen sin que él pueda hacer nada por evitarlo ni cambiarlo. El protagonista es “culpable”. ¿Por qué? Porque es el único que se niega y se opone a ser procesado. Con su actitud ante sus interrogadores, con el corte de mangas que hace al abogado y con su perseverancia en manifestar que es inocente, es culpable ya antes de que lo detengan. En tal esquema de corrupción converge una advertencia: la inutilidad del esfuerzo por alcanzar las puertas de la ley, pues cuando las alcance le será prohibida la entrada, a pesar de que esas puertas se encuentran allí para personas como él. Al fin, un sueño, una pesadilla. Josef K. constituye el paradigma del falso culpable, de la misma manera que la protagonista de Böll, siendo objetivamente culpable, lo es no por convicción, sino por inducción. Katharina es inocente en tanto su honestidad moral sólo puede ser defendida mediante la “defensa propia”, algo que el “sistema” ha sido incapaz de evidenciar y que, por contra, la sume en una pesadilla difícil de interpretar desde su posición de ciudadana “normal”.
Si Böll sitúa a Katharina entregándose a la policía al comienzo de su narración, Kafka sitúa a Josef K. detenido, sin saber por qué, también al inicio de la novela, por unos guardianes que no pueden explicarle los motivos de su detención. Es decir, se trata, en los dos casos, de personas que en, principio –aunque por distintos motivos-, se encuentran integradas en la “normalidad” del sistema y aceptan sus reglas; sin embargo, ambos conocerán cuál es la capacidad de desvirtuación y de destrucción moral de ese mismo sistema cuyo Poder, en realidad, no se aprecia en la superficie de las estructuras institucionales, sino en la invisibilidad de la corrupción de esas mismas estructuras.
Josef K. se rebela conscientemente contra semejante situación; Katharina Blum, no. Pero da lo mismo; los dos sufren análogas consecuencias.

sábado, 5 de abril de 2008

Educación y violencia

No es casual que proliferen los casos de acoso escolar y de violencia en las aulas. El sistema se echa las manos a la cabeza por un estado de cosas que él mismo ha creado y fomentado a través de una educación básica y su entorno cuyos estímulos se han dejado en manos de una concepción meramente consumista del sujeto social, además de haber dejado al cuerpo docente sin autoridad y sin armas disciplinarias eficaces. La creación de símbolos que seducen hasta la rendición y la fatiga nerviosa de la adolescencia choca frontalmente con la general imposibilidad de su satisfacción. Por lo tanto, es la frustración la primera consecuencia y, a la vez, el primer factor generador de violencia (aunque no sólo éste; existen otros como un entorno doméstico sin comunicación familiar por la ocupación laboral de los padres; la autodiscriminación en soledad frente al videojuego y el chat; el agrupamiento en torno a determinadas formas de drogadicción como medio de aceptación en el grupo, etc.). El esquema psicológico de los adolescentes se funda en el anhelo, en el apasionamiento por todo y, claro, también por la posesión de iconos que lo identifican con su grupo. Si no los obtienen, han de crear un mecanismo de defensa que justifique su falta de integración. Tales deseos insatisfechos son permanentes en ese período, que coincide, además, con el de la formación básica. Al sujeto no anhelante que no encaja en el grupo se le margina por todos los medios; uno de ellos, el acoso psicológico y la agresión física. Frente a ello, los docentes no sólo carecen de un medio disciplinario que han de otorgarles las leyes, sino que, además y, por ello mismo, se convierten en objetivo de la violencia.

Telebasura

¿A nadie se le ha ocurrido pensar que determinados programas que se emiten en las televisiones comerciales de este país deberían ser prohibidos por orden judicial? ¿Alguien ha pensado que sus contenidos son de tal magnitud agresivos que entrarían de lleno en su consideración como programas que incitan a la violencia, cuando menos a una violencia moral? Se nos llena la boca de improperios cuando juzgamos una acción terrorista, cuando una mujer es agredida o cuando se produce un hecho delictivo cruento, pero no nos llevamos la mano a la cabeza ni ponemos el grito en el cielo cuando debemos soportar ese tipo de programas “del corazón” (?) cuyo diseño, desde sus contenidos hasta el lenguaje con que se expresan, pertenecen al más bajo fondo ético de una sociedad medianamente inteligente. La primera deducción cuando no nos escandalizamos es que quizá vivimos en un país cuyo coeficiente intelectual medio está rayando la deficiencia. No de otra manera puede entenderse que las audiencias asistan con fidelidad y entusiasmo a palabras e imágenes propias de riñas barriobajeras, cuyas expresiones rozan lo delictivo y resultan, cuando no soeces, de una vulgaridad expresiva que da idea de cuál es el modelo de formación que ha alcanzado el mérito de ser mostrado en TV. Los profesionales que en ellos participan (¡que se autodenominan periodistas!) no desechan la misma argumentación moral, pero, además, muestran una mediocridad que da terror. Son estas televisiones (las que denuncian como censura previa la prohibición de un juez de emitir ciertas imágenes de esas características) las que primero ejercen esa censura previa, pues es bien sabido que los mensajes de texto de contenido crítico que se remiten on line no son editados en pantalla.

Berna Martínez-Forega

lunes, 31 de marzo de 2008

Una actualizacion y una profecía. Los esquemas políticos y sociales de la prensa y el poder según Heinrich Böll.

El Honor perdido de Katharina Blum (1974)

No sé si con razón, José Ortega y Gasset ha dicho, para definir la posición social del hombre de su siglo (un hombre surgido tras la Primera Guerra Mundial, pero anterior a la Segunda; un hombre, por lo tanto, en plena transición entre el fin de la segunda revolución industrial y la pronta consolidación de las democracias europeas, o, mejor: y el surgimiento de un nuevo modelo sociopolítico: las democracias populares del Este europeo): «Yo soy yo y mis circunstancias». En estas palabras de Ortega, que contienen, desde luego, un denso poso filosófico y sobre el que no me atrevo a debatir, se encuentra buena parte de la orientación moral de las sociedades occidentales del pasado siglo XX, orientación que no ha cambiado sustancialmente hasta hoy. Pero visto desde una perspectiva más subjetiva, desde el individuo como sujeto de tales «circunstancias», las palabras de Ortega y Gasset cobran igualmente importancia para explicar que los principios fundamentales de la conducta individual están siempre sujetos a las circunstancias, a lo inevitable (¿y por qué no al destino, al sino de las cosas, como habían dicho antes los románticos en su extrema valoración del azar?), al contexto histórico con todos los factores que de manera coetánea afectana los objetivos morales (sociales también, por consiguiente, en tanto que el hombre se definirá modernamente, a partir de los años cincuenta, con el viejo axioma antropológico de «ser social»). La apropiación de tal concepto sirve para mucho y, sobre todo, sirve para explicar por qué los principios éticos del ser humano pueden ser sistemáticamente modificados en función de aquellas circunstancias; es decir, no existe un principio ético básico, sino que éste será siempre coyuntural, variable de acuerdo con la variación del entorno, y esto es más cierto cuando tal coyuntura ética se aplica al Poder: al político o a los poderes fácticos. Los Estados democráticos han hecho uso del proverbio orteguiano con pleno convencimiento de su veracidad, pero, además, con pleno convencimiento de su eficacia aun a sabiendas de ser —aplicado al ejercicio político— una gran falacia. Y si ello es cierto para los Estados, lo es más para los medios de comunicación escrita y audiovisual, y, más todavía, para aquellos mass media en que los propios Estados apoyan sus políticas.Muy sintéticamente expuesto, es éste el entorno general que quiero destacar como existente en la narración de Böll y algunas particularidades de una estructura social y mediática cuyas consecuencias nocivas creo que el propio Böll quiere dejar bien claras. De hecho, tanto Katharina Blum como el matrimonio Blorna son objeto de esas consecuencia y son víctimas de aquellas circunstancias orteguianas. La prensa sensacionalista de todos los países trabaja basándose en criterios principalmente comerciales y apoyada por su dirección hacia un público cuyo nivel crítico es, en su inmensa mayoría, inferior al nivel medio del lector de prensa. Trabaja, además, incidiendo en la sensibilidad psicológica de esos lectores, más permeables a la emoción y más impresionables. Y trabaja, también, con elementos que son comunes a toda la prensa: la reiteración de determinadas noticias con efecto multiplicador en la conciencia del lector y la omisión sistemática de otras con el mismo propósito, pero en su sentido contario. Este esquema responde a lo que es común a los medios de comunicación en general: lo que no se cita no existe; por el contrario, lo que se reitera es capaz de colonizar, y de orientar en un determinado sentido, la conciencia de lector. Si a ello añadimos que —sobre todo hoy— la prensa está ligada, de una u otra manera, a las diversas esferas del Poder político, económico o social, disponemos de las claves para interpretar muchas de las noticias que se suceden cada día. Trasladada a la actual sociedad del espectáculo, las informaciones del PERIÓDICO en la crónica crítica de Heinrich Böll nada tendrían que envidiar a determinados realities show y programas “del corazón” de las parrillas televisivas. Conocemos, además, las paralelas consecuencias actuales de esos “espectáculos” que nadie se atreve todavía a llamar “terrorismo moral”.Heinrich Böll se adelanta al análisis de este esquema, lo pone en entredicho y lo denuncia. Pero, por supuesto, no hay emisor sin receptor; por lo tanto, no basta con destacar cuál es el papel de la prensa sensacionalista a la que, en este caso, sirve el periodista Tötges (el PERIÓDICO ¿Bild-Zeitung?), sino que habrá que analizar el medio social en el que se desarrolla, la influencia de las estructuras del Poder político y de la propia prensa en todo ello. Para empezar, la muerte de los periodistas Tötges y Schönner es destacada por TODOS los periódicos: “conviene subrayar la desmedida atención de la prensa... que trataron aquellos crímenes como algo particularmente horrible y casi solemne” (capítulo 6, pág. 15) y, antes: “dio lugar a una excitación anormal” (ibidem), notas seguidas de un juicio moral del autor acerca de semejante desmesura en contraste con “un mundo en el que se disparan tantos tiros” (Ibidem).Katharina Blum y Else Woltersheim en el sumario, y el matrimonio Blorna en su medio social, son objeto de una persecución política y periodística. Aunque Katharina es culpable del homicidio de Tötges, la actitud de éste hasta el momento de su muerte es absolutamente falsaria: su presión informativa tergiversa las circunstancias del asesinato del otro periodista — Schönner— (“...el PERIÓDICO siguió aferrado a la versión de que Schönner también murió a manos de la Blum”) —capítulo 6, págs. 15-16— y cómplice de los supuestos robo de banco y posterior huida del hipotético ladrón Ludwig Götten, para hacerla parecer verdaderamente culpable; siembra dudas sin fundamento e incide en la vida privada de Katharina, creando una imagen del todo contraria a la auténtica personalidad y carácter de la Blum (capítulo 22, págs. 41-42, y capítulo 23, págs. 44-47). El poder de este tipo de información falsa sobre los lectores lo ejemplifican las palabras del taxista que conduce a Blorna a su casa: “Usted también sale; le he conocido en seguida. ¿No es usted el abogado y jefe de esa putilla?” (capítulo 23, pág. 45). Y, unido a un concepto moral anacrónico e interesado, puede resultar una bomba, pues el cura del pueblo de Katharina, donde aún vivía su madre, declara respecto a ambas: “De ella lo creo todo. Su padre fue un criptocomunista, y su madre, a quien empleé por misericordia durante un tiempo como asistenta, robaba el vino de celebrar y se entregaba, en la sacristía, a orgías con sus amantes.” (capítulo 22, pág. 41). El PERIÓDICO, que subraya sobre todo la falsa acusación de que Katharina puede ser una prostituta porque “recibe visitas de caballeros” en su casa, es, por el contrario, una persona íntegra y cabal, inteligente y poseedora de valores poco comunes que son destacados por todos quienes la conocen y que, por ello mismo, sufrirán parecidas consecuencias al manifestar abiertamente su amistad. Böll se permite, en este punto, un juicio de contraste irónico: “Está visto que la integridad, unida a la inteligencia metódica, no se desea en ninguna parte, ni siquiera en las prisiones o en la administración.” (capítulo 54, pág. 131). En todo caso, muchas de las informaciones que publica el PERIÓDICO tienen su origen en las estructuras del Poder: sus fuentes son la comisaría de policía y la fiscalía, favor que estas instituciones prestan a cambio de otros en dirección opuesta, ya que “Algunos extremos importantes los debía Beizmenne [jefe de policía] a los reporteros del PERIÓDICO, a la empresa editora de éste y a los órganos relacionados con ella, que empleaban métodos ligeros y no siempre convencionales, para enterarse de detalles que las pesquisas oficiales no lograban descubrir.” (capítulo 48, pág. 120). Böll no quiere dejar pasar la ocasión de poner en evidencia la actitud moral de estas instituciones. A las preguntas de Katharina durante su interrogatorio —tras mostrar los dos ejemplares del PERIÓDICO donde se falseaba todo— de si “el Estado... no podía hacer nada para protegerla contra semejante inmundicia y para devolverle su buen nombre” y “cómo podían haber llegado a conocimiento del PERIÓDICO y de dónde procedían aquellas declaraciones inventadas” (capítulo 27, pág. 65), la respuesta sintética del fiscal Hach, aparte de otros argumentos peregrinos, se sustancia así: “[Katharina] se había convertido en un ‘personaje de actualidad’” (ibidem). Su madrina Else Woltersheim, también llamada a declarar, se preguntaba si era justificable ‘destruir una vida joven’ como estaba ocurriendo” (capítulo 27, pág. 67). Pero fue el otro fiscal, Korten, atendiendo a la doble moral de las instituciones, “quien pronunció un discurso apasionado en defensa de la libertad de prensa y en favor de los secretos de la información, subrayando expresamente que quien no frecuentaba malas compañías tampoco daba a la prensa motivos para que tergiversara los hechos.” (capítulo 28, pág. 70). Claro que este mismo criterio podría haberse aplicado a Aloïs Sträubleder si, como creía ya la opinión pública, la policía, la fiscalía y se había encargado de “tergiversar” el PERIÓDICO, la Blum era una prostituta, pues las “visitas de caballeros” que Katharina recibía fueron sólo dos y lo fueron de este tal Aloïs, casado y con cuatro hijos, que acosaba sexualmente a la Blum, pero a quien la prensa, pese a existir pruebas de ello, no salpicó porque era un conocido empresario y diputado de un partido político conservador. El mismo argumento podría aplicarse también al poco interés o poco esfuerzo de la fiscalía y de la policía por conocer el origen de la pistola empleada por la Blum y que Blorna sí averiguó. ¿Era esa falta de perseverancia debida quizá a que su anterior propietario era un ex-nazi?: [Konrad Beiters] “reconoce ser un antiguo nazi y cree que gracias a esta circunstancia probablemente no se han fijado en él hasta ahora.” (capítulo 57, pág. 137). Y todavía más: durante la declaración de Else Woltersheim, el fiscal y el jefe de policía “le hicieron saber que no era asunto de la policía o del fiscal ‘perseguir ciertas formas desde luego condenables del periodismo’”. (capítulo 28, pág. 70). Esta misma prensa, que obtenía información de la fiscalía y de la comisaría, de ningún modo obtuvo (o no se molestó en comprobar) de dónde procedían las llamadas anónimas de contenido más que grosero que Katharina recibía en su casa y cuya procedencia era conocida de la policía. Esas llamadas procedían, entre otros, del diputado conservador Sträubleder, circunstancia de cuya certeza era conocedora la justicia, toda vez que se le permitió ejercer espionaje telefónico. Heinrich Böll es particularmente sensible a este asunto y le dedica el capítulo 41 (págs. 101-105) casi por entero; es más, su afirmación es concluyente al respecto: “¿Qué se hace con los funcionarios criminalistas que exigen y logran constantemente que se les permita el espionaje telefónico? [este espionaje] carece, en efecto, de fuerza probatoria. No tiene el más mínimo valor en ese sentido [...] no sólo no debe ser utilizado sino tan siquiera mencionado en una audiencia pública” (págs. 101-102). El clímax de la inmoralidad profesional del periodista Tötges y, en consecuencia, de este tipo de prensa que lo sanciona, viene expresado en las circunstancias que rodean la muerte de la madre de Katharina. Intervenida quirúrgicamente de un tumor, el médico dispone absoluto reposo para su recuperación. Tötges, sin embargo, aun conociendo esta prescripción, entra disfrazado de pintor en la habitación de la señora Blum:

Él enfrentó a la señora Blum con los hechos, aunque no estaba seguro de que ella lo hubiera entendido todo, pues evidentemente ni sabía quién era Götten, pero sí dijo:
—¿Por qué tenía que acabar así? ¿ Por qué?

Esta declaración la convirtió el PERIÓDICO en “tenía que acabar así”. El pequeño cambio introducido lo justificó Tötges diciendo que él, como periodista, estaba acostumbrado a “ayudar a expresarse a las personas sencillas”. (capítulo 42, pág. 107).
Según todos los indicios, y como el propio médico manifestaría, la visita de Tötges y el shock anímico que le produjeron las palabras del periodista acerca de su hija propició la muerte prematura de la señora Blum. El PERIÓDICO, sin embargo, se expresó así: “La primera víctima segura de la misteriosa Katharina Blum, que todavía se encuentra en libertad, ha sido su propia madre, que no superó el shock sufrido al tener noticia de las actividades de su hija...” (capítulo 47, pág. 117). En esta misma crónica (págs. 118-119), el PERIÓDICO se explaya en un ejercicio de intoxicación informativa y pone en evidencia cuáles son los intereses que defiende. Böll quiere dar aquí noticia sintetizada del conjunto de valores de esa prensa falaz y de los valores de quienes la defienden y la financian, de su procedencia social e ideológica. El texto da cuenta, por deducción, de que una arquitecto (Gertrud Blorna) no puede ser de izquierdas, de que tampoco lo puede ser un abogado de gran prestigio (el doctor Blorna); que quien verdaderamente es un político corrupto e inmoral (Sträubleder, que también acosó a su amiga Gertrud Blorna, esposa del abogado Blorna) fue en realidad víctima de la confianza que depositó en la Blum y que el propósito de ésta era destruir su carrera por orden de un grupo de izquierdas, etc. etc. Es Gerturd Blorna quien ve con más claridad las cosas y la que prevé lo que se viene encima; en una conversación con su marido (capítulo 38, pág. 91), refiriéndose a Sträubleder, le avanza: “Créeme... no le interesan los titulares del PERIÓDICO en relación al asunto. Lo que le interesa es una manipulación directa y sólida de las investigaciones y de la información sobre él.” Manipulación que se llevará a cabo metódicamente. La carga ideológica, real o inventada, que se atribuye a cuantos se encuentran próximos a la Blum resulta determinante en el juicio paralelo del PERIÓDICO, pero es pretexto de contraste que sirve a Böll, precisamente, para mencionar este prejuicio como un factor que va más allá de la simple afinidad política y revelarlo como circunstancia concluyente capaz de arruinar la vida y la carrera profesional de las personas. Será Lüding, propietario del PERIÓDICO y jefe de la empresa para la que trabaja el Dr. Blorna, quien, desde la sombra, orientará la actuación periodística (capítulo 41, pág. 102) y quien se encargará, sabida la coherencia moral del matrimonio Blorna al defender a la Blum (y, por tanto, oponerse frontalmente a la ideología del PERIÓDICO), de “castigarlo” profesionalmente utilizando a su socio y diputado conservador Sträubleder. Los dos, el Sr. y la Sra. Blorna son degradados en sus respectivas profesiones de abogado y arquitecto:

—No os dejaremos morir de hambre.
Lo sorprendente para Blorna fue que Sträubleder dijera “os” en vez de “te”. (pág. 127).

Antes, el PERIÓDICO había preparado toda una batería de informaciones falsas encaminadas a torpedear el prestigio de ambos: “Se levantó el rumor de que Blorna quería divorciarse; rumor que carecía por entero de fundamento... Se aseguraba que su situación económica era mala...” (capítulo 51, pág. 126). Y se publicó una fotografía del “super coche” de Blorna con el siguiente pie: “¿Cuándo tendrá que adoptar el abogado rojo el coche del hombre corriente?” (capítulo 51, pág. 127). Sólo Gertrud Blorna (“Trude la Roja”) tiene fuerzas para reaccionar: “descolgó de nuevo el teléfono, llamó a Lüding (que en aquel momento estaba ocupado con sus fresones con nata y con helado de vainilla) y le dijo simplemente:

—Usted es un cerdo, un cerdo miserable.” (capítulo 49, pág. 123).


En definitiva, lo que se extrae finalmente de las declaraciones de testigos, sospechosos e imputados es que 1): la Blum no mata al periodista Schönner; 2) los primeros “delitos” de Katharina Blum son enamorarse de un supuesto atracador de bancos y rechazar las pretensiones sexuales del representante político y empresario Aloïs Sträubleder; 3) Ludwig Götten (el supuesto atracador) no es más que un desertor del ejército y un ladrón de poca monta (pág. 131); 4) Katharina Blum si que mata al periodista Tötges, pero lo hace en defensa propia (págs. 139-140).Como contraste, las informaciones del PERIÓDICO y las manipulaciones políticas e intereses económicos, establecían: 1) la Blum es también culpable de la muerte de Schönner; 2) es cómplice y encubridora de un peligroso criminal atracador de bancos, a quien ayuda a escapar; 3) Ludwig Götten es un peligrosísimo criminal; 4) la muerte de Tötges es consecuencia de un plan diseñado por un grupo de izquierdas que, además, trata de desacreditar el buen nombre de un representante político.Heinrich Böll, casi al final de su “informe”, señala: “Conviene insistir en las numerosas falsas imputaciones evidentes, porque, además, el PERIÓDICO publicó muchas otras calumnias, mentiras y deformaciones de la realidad, más difíciles de captar” (capítulo 49, pág. 121). Y continúa, refiriéndose a la situación ya degradada de los Blorna: “El ejemplo de Blorna demuestra cuánta influencia podía ejercer el PERIÓDICO, incluso sobre personas bastante bien relacionadas.” (Ibidem). Estas afirmaciones las incorpora Böll seguramente por si no le había quedado claro al lector hasta dónde es capaz de llegar y las consecuencias que puede tener una ética puesta al servicio exclusivo de intereses económicos ligados al poder político o viceversa; el grado de irregularidad que la administración de justicia y los instrumentos de que dispone pueden alcanzar cuando se encuentran expuestos a aquellos intereses; hasta qué punto la ideología es determinante en el juicio social de las personas y en el grado de penetración de su intimidad; y cuál es el auténtico alcance de una información manipulada en la orientación de la opinión pública.Pero, con independencia de esas singularidades advertidas a través del relato de Heinrich Böll, me llama la atención un párrafo que, además de dar pábulo a mi primera apreciación acerca de las tesis de Ortega, resume todo ese conglomerado en el que la moral se pone al exclusivo servicio de lo material con un descaro que perfila la personalidad de una clase (al fin y al cabo, es una clase social la que aparece retratada en el “informe”) cuya perversidad y falta de escrúpulos no nos oculta el autor. El párrafo (capítulo 55, pág.133) sintetiza el carácter de semejante clase y está puesto en boca de Else Woltersheim, madrina de Katharina Blum. Else Woltersheim viene a ser, tal y como sitúa Böll a este personaje, una víctima más de ese contexto social en el que intervienen los factores políticos, sociales y periodísticos. Else Woltersheim puede, no obstante, apelar al mismo principio de Ortega y Gasset y modificar su conducta sin que su afianzamiento moral sufra ningún deterioro. «En Else Woltersheim se advierte una tendencia antisocial que va en aumento, y que ni siquiera Konrad Beiters logra moderar». (ibidem). Este cambio de actitud no supone para Else ningún cuestionamiento de su ética individual; es tan sólo el resultado de una modificación determinada por el cambio de sus circunstancias. A diferencia de Katharina, que, pese a todo, «contempla su futuro casi con tranquilidad...» (capítulo 54, pág. 132), Else debe su amargura a las engañosas informaciones periodísticas que la sitúan en el punto de mira de la sociedad, informaciones, además, falsas y al servicio de un interés político en el que ella misma, desde su simple posición de ciudadana, creía y al que ella misma, por idéntica razón, servía desprejuzgadamente, tanto que para nada influye la condición de ex-nazi de Konrad Beiters en su relación amorosa. Su elección (junto a Katharina y los Blorna) como chivo expiatorio para ocultar la verdad y poner a salvo a los verdaderos culpables, desencadena en ella no sólo, como parece natural, el odio hacia el mecanismo político que la pone en la picota, sino también hacia la sociedad que las condena arrastrando con ellas a sus amigos más próximos sin reparar en que el juicio de esa sociedad a la que comienza a odiar está guiado por la seducción informativa, como, en su momento, lo fue ella.Por lo tanto, el sarcástico juicio de la Woltersheim se dirige directamente a la clase que construye aquella red social, económica, política, informativa. La alta burguesía financiera es objeto del más irónico deseo de Else, que descubre, tras las máscaras de la notoriedad, del protocolo político, de la ortodoxia social, el verdadero «ser», la esencia de los individuos de esa clase. Else, con los ojos de Böll, los convierte en títeres, cuando no en personajes de comedia; actuando, bajo su definición, en escorzos guiñolescos y en actitudes que los definen como seres guiados por instintos primitivos.¿Actúan así sometidos a las «circunstancias» orteguianas? Pensamos que no en este caso, toda vez que éstas circunstancias (las puramente formales; las retóricas o protocolarias), al contrario de las que llevan a la cárcel a Katharina, a los Blorna a la ruina y a ella misma a la marginación pública, se educan, están —o deben estar— sujetas a una educación moral básica: la razón ha de estar siempre por encima de la norma, y las formas (las normas) solamente las modela la razón.Me apresuro a afirmar que resulta muy difícil negar las “circunstancias” orteguianas, asentadas en un raciovitalismo objetivo y cuya actualización cronológica es, hoy por hoy, más patente si cabe. Sin embargo, ¿no sería más cierto que tanto Katharina, como Else, como los Blorna, habrían sido verdaderamente ellos sin sus circunstancias?Henrich Böll sitúa los acontecimientos durante cuatro días (20 a 24 de febrero) de 1974, en pleno carnaval. Y de carnavalesca cabe calificar la actitud de cuantas personas, instituciones y prensa intervienen en los sucesos: ocultación, tras una máscara de falso pudor y moralidad, de la verdaderas razones que desencadenan los sucesos y la resolución de su desenlace. Repitamos, con el mismo espíritu crítico que tenía para la sociedad de su tiempo, las palabras de nuestro romántico Mariano José de Larra, Fígaro: “Todo el mundo es máscaras; todo el año es carnaval”.