
miércoles 4 de junio de 2008
KLIMT: ALEGORÍA DE LA ESCULTURA

KLIMT: LA ESPERANZA
¿Una Dánae embarazada? Sí, así nos parece la reiteración del modelo empleado por Klimt para alegorizar el contenido de su título. Al fondo, la advertencia a la vida que a punto está de llegar: un símbolo antropológico de la única certeza futura que el hombre tiene impresa en su código genético. Si era la brevedad de la vida axioma simbólico de la estética barroca (traído, claro, del carpe diem medieval), el mismo contenido se traslada al tremendismo romántico. Klimt ha echado mano aquí de la simbología tradicional, pero incorpora una figura erótica, aunque sabemos desde Freud que el embarazo equilibra el lance erótico de la desnudez. Asepsia sensual, por lo tanto, que figura también impresa (lo ha dicho Jung) en nuestra crimptomnesia (esa especie de almacén lleno de arquetipos de conductas).Si la muerte —como advierte Klimt en el segundo plano de su pintura— es lo que indefectiblemente le espera a la vida, no habremos de olvidar sus pasajes: esa juventud tal vez dolorida (figura superior derecha), la vejez (figura central tras la calavera), la agonía (figura superior izquierda) y la ceniza (cráneo sobre la cabeza de la Dánae transfigurada). Pero es que nos lo advirtió ya el poeta: «en un puñado de polvo te mostraré el miedo». El drama del paso del tiempo, tan común, por otra parte, en los deslices filosóficos (y no filosóficos) de la cultura postmoderna, es, más sintéticamente, lo que nos traduce la lectura de La esperanza. Y Klimt coloca en el mismo lugar, próximos, en rápido tránsito, la edad fértil, la vitalidad aún invisible, pero la juventud dudosa y la caducidad. Otro autor barroco, esencial para comprender el fondo de la corriente escéptica del siglo XIX, nos había advertido: «¿Cuál puede ser una vida que comienza con los gritos de la madre que la da y los lloros del niño que la recibe?» ¿Tiene, pues, razón Baltasar Gracián? Arthur Schopenhauer, Max Stirner e incluso Nietzsche respondieron que sí.
KLIMT: ADÁN Y EVA
Todos los seres poseen un color interior dominante; a veces, la proximidad de los objetos a ese color vierte sobre ellos el influjo del color primario y ambos —aquél y éstos— se entresijan, diversificándose, enriqueciendo y enriqueciéndose en su pérdida y ganancia cromáticas. Este proceso, que la realidad pone en evidencia cada día a nuestro alrededor, axioma físico sobre el que ni siquiera reflexionamos, no sería posible sin el concurso de la luz. Sé que lo que acabo de decir es una pueril perogrullada; ahora bien, si esa luz no es la convencional, sino —como aquel color primario— una luz interior que sólo el artista posee, manipula, filtra y arroja sobre el color y éste sobre los objetos de su influencia, nos encontramos ante una alter veritas, es decir, ni más ni menos que ante la función del oficio artístico.Klimt debía de saberlo bien cuando lo que se trata de referir es la elevación de la alegoría —paisaje, seres y objetos cotidianos— a una categoría doméstica, personal: el arte no es término que deba manejarse gratuitamente. En esa dimensión cromática, sin embargo, es bien apreciable en la pintura Klimt, y resulta harto delicado considerarlo así cuando el sustantivo ha de otorgarse a la esfera de lo convencional y de lo privado. La otra realidad que hemos citado se manifiesta por medio del arte de Klimt al comprobar el espectador cómo aquello de lo que comúnmente nos rodeamos o nos rodea necesariamente adquiere un valor que media entre lo vivido y lo idealizado, entre lo real y lo irreal: el intimismo de una habitación cerrada, el rincón acotado de un paraíso interior, el espacio recogido del sosiego..., son lo que está, existe y vive, pero son también donde quisiéramos estar, ser y vivir. Pero acaso no con esa Eva cuyo sarcasmo por la rendición incondicional de Adán es anuncio de nuestra pérdida. Sobre ellos la luz, neutra, irradia. Y no tanto la luz del encomio cromático como la luz íntima, personal, que Klimt desde su interior expande.
miércoles 7 de mayo de 2008
"Ademenos". Libro de poemas de Manuel M. Forega
Han pasado nueve; faltan ocho; ocho días:
FNAC-ZARAGOZA
15 de mayo (conmemoración del 40 aniversario del Mayo ‘68)
A las 20,00 horas
Ademenos (poesía)
Publica: Olifante
Mesa: Trinidad Ruiz Marcellán (editora), Ana Muñoz (poeta de órdago) y Manuel M. Forega (el Además del Ademenos)
miércoles 23 de abril de 2008
Sociedad y libertad
¿Quién no ha dicho alguna vez en su vida que quiere ser libre? La libertad es aspiración no sólo legítima, sino antiquísima; quizá por ello sea, de entre todas las aspiraciones humanas, la más fecunda, la más permanente. Se ha convertido en un tópico del lenguaje, pero, como todos los tópicos, lo será porque es verdad. Las sociedades se construyen a partir de este término: “libertad”. Las Constituciones apelan al concepto de libertad para su redacción. El arte, la literatura, las revoluciones..., prácticamente todas las actividades humanas han reclamado el significado profundo del término. ¿Por qué, pues, todavía seguimos esgrimiendo la falta de libertad? Tal vez es que, a pesar de todo; a pesar de la extraordinaria evolución del humanismo y del sentido común desde la Revolución Francesa nos queda la sensación de que no somos libres todavía. Si analizamos la libertad desde un punto de vista contemporáneo, y la negamos, se nos echará todo el mundo encima diciéndonos que mentimos, que cómo podemos decir que no hay libertad y, sin embargo, a todos nos queda la íntima sospecha de que es cierto, de que aún no somos libres. Hoy es más cierta esta reflexión, pues, pese a haber avanzado sustancialmente en el camino de las libertades individuales (que es como se siente y se entiende verdaderamente la libertad), seguimos constreñidos en una especie de impotencia que nos impide ser libres “de verdad”. En el fondo, lo que hacemos tiene siempre aLgo de imposición: el trabajo, el consumo, el ocio, el lenguaje, todo, está supeditado a normas, leyes, prohibiciones, sugerencias... No somos dueños de nuestros propios deseos porque incluso éstos están dirigidos por una política interesada y por una economía que nos los arrebata.
Vida: ficción y realidad
¿Estamos en condiciones de decidir verdaderamente sobre nuestros gustos y nuestros deseos? En una sociedad como la actual, en la que el capitalismo avanzado ha convertido en mercancía incluso nuestra propia vida, resulta muy problemático decidir de forma autónoma sobre muchos de nuestros anhelos. Vivimos realmente en una ficción que nos parece real, pero que no es sino una forma aparente de realidad construida por el marketing, la publicidad y los poderes públicos (muñecos de los poderes económicos). Todos tendemos, en mayor o menor grado, a obtener aquellas cosas que nos “representan” (marcas, signos, logotipos, estilos de vida) socialmente, pero que, a la vez, nos despersonalizan, anulan nuestra individualidad, hasta tal punto de que ni siquiera lo que creemos sentir es realmente lo que sentimos, ni lo que deseamos es realmente lo que deseamos. Detrás de cada emoción, detrás de cada deseo, hay alguien que lo ha diseñado primero para hacernos creer que es nuestro. Muchos varones compran colonia no para poner el colofón a la cortesía de su aseo personal, sino porque se convertirá en Jacqs: el objetivo de la búsqueda de una mujer estupendísima. Éste, como otros ejemplos, puede dar idea, al menos superficialmente (aunque el asunto daría para mucho), de por dónde están yendo las cosas.
Heinrich Böll y Franz Kafka
Uno de los textos que presenta ciertos paralelismos con El honor perdido de Katharina Blue, de Heinrich Böll, es sin duda El proceso, de Franz Kafka. Nada tienen que ver en la forma ni en la estructura; es decir, que sus morfologías estéticas son bien distintas. Sin embargo, tanto Böll como Kafka manifiestan análogas preocupaciones por la situación y la respuesta del ser humano en el contexto social en el que ha de desarrollar su actividad vital. Ambos personajes de ficción se encuentran sometidos a un supuesto azar que es, en realidad, la consecuencia del comportamiento de las estructuras del Poder puestas al servicio de su ilegítima autodefensa. Si la protagonista de Böll es la víctima de una prensa asociada a los poderes económicos y defendida por bases políticas en una manifiesta conspiración contra la honestidad, el prestigio social y profesional, el protagonista de Kafka ha de enfrentarse a uno de los brazos de ese mismo Poder instituido, encarnado esta vez en el sistema judicial.
Con un relato-crónica de tono periodístico y descriptivo, Heinrich Böll nos da cuenta de hasta dónde es capaz de llegar y las consecuencias que puede tener una ética puesta al servicio exclusivo de intereses económicos ligados al poder político o viceversa; el grado de irregularidad que la administración de justicia y los instrumentos de que dispone pueden alcanzar cuando se encuentran expuestos a aquellos intereses; hasta qué punto la ideología es determinante en el juicio social de las personas y en el grado de penetración de su intimidad; y cuál es el auténtico alcance de una información manipulada en la orientación de la opinión pública. Las engañosas informaciones periodísticas sitúan a la protagonista en el punto de mira de la sociedad; informaciones, además, falsas y al servicio de un interés político en el que ella misma, desde su simple posición de ciudadana, creía y al que ella misma, por idéntica razón, servía desprejuzgadamente. Pero no puede cambiar su situación, debido, sobre todo, a que su conciencia se aferra a la rectitud de sus actos y en que nada malo ve en ello. Las declaraciones de Katharina ante la policía ponen en evidencia un ánimo que está muy lejos del arrebato y muy cerca de la razón, frente a la sinrazón de quienes la juzgan y de quienes la conducen a una falsa culpabilidad.
Kafka, por su parte, con un relato en el que la irracionalidad es llevada al extremo, en consonancia con la práctica de un sistema judicial absorto en su propia endogamia moral, nos sitúa a un hombre abandonado al albur de un tiempo y de un escenario que se desvanecen sin que él pueda hacer nada por evitarlo ni cambiarlo. El protagonista es “culpable”. ¿Por qué? Porque es el único que se niega y se opone a ser procesado. Con su actitud ante sus interrogadores, con el corte de mangas que hace al abogado y con su perseverancia en manifestar que es inocente, es culpable ya antes de que lo detengan. En tal esquema de corrupción converge una advertencia: la inutilidad del esfuerzo por alcanzar las puertas de la ley, pues cuando las alcance le será prohibida la entrada, a pesar de que esas puertas se encuentran allí para personas como él. Al fin, un sueño, una pesadilla. Josef K. constituye el paradigma del falso culpable, de la misma manera que la protagonista de Böll, siendo objetivamente culpable, lo es no por convicción, sino por inducción. Katharina es inocente en tanto su honestidad moral sólo puede ser defendida mediante la “defensa propia”, algo que el “sistema” ha sido incapaz de evidenciar y que, por contra, la sume en una pesadilla difícil de interpretar desde su posición de ciudadana “normal”.
Si Böll sitúa a Katharina entregándose a la policía al comienzo de su narración, Kafka sitúa a Josef K. detenido, sin saber por qué, también al inicio de la novela, por unos guardianes que no pueden explicarle los motivos de su detención. Es decir, se trata, en los dos casos, de personas que en, principio –aunque por distintos motivos-, se encuentran integradas en la “normalidad” del sistema y aceptan sus reglas; sin embargo, ambos conocerán cuál es la capacidad de desvirtuación y de destrucción moral de ese mismo sistema cuyo Poder, en realidad, no se aprecia en la superficie de las estructuras institucionales, sino en la invisibilidad de la corrupción de esas mismas estructuras.
Josef K. se rebela conscientemente contra semejante situación; Katharina Blum, no. Pero da lo mismo; los dos sufren análogas consecuencias.
